Madonna del Ghisallo

Madonna del Ghisallo

Ciclismo, Viajes / 0 COMENTARIOS /

Il Lombardía.

Octubre.
La Clásica de las Hojas Muertas. Último Monumento de la temporada ciclista.
El recorrido no es siempre el mismo, pero el Lago di Como aparecerá año tras año en las más bellas instantáneas de los fotógrafos, como fondo, casi siempre gris, de los maillots de colores llamativos de los equipos participantes. Milán, Bergamo, Como, Lecco…siempre en la región de Lombardía verán pasar a los corredores.
Siendo impresionante, el escenario dónde se disputa, no es lo que marca al visitante. La pasión de los Tifossi italianos, familias enteras en los bares y carreteras flanqueando el recorrido, observando la televisión antes y después del paso de los ciclistas, esperando horas el paso de la caravana, para finalmente ver y animar a los corredores no más de 10 segundos, pero viviéndolo como una gran fiesta. El bocadillo, la tapa, el vino o la Coca Cola son básicos.
Siendo esto lo más reseñable por su dimensión, el visitante-viajero-aficionado ciclista observador, probablemente saldrá marcado de la experiencia, si tiene la cautela y la suerte de vivir el paso de la carrera en un lugar mítico desde que se lleva disputando la Clásica italiana: la cota de la Madonna del Ghisallo.
En su cima se encuentra una pequeña Capilla, consagrada a la Virgen que da nombre al lugar, que el párroco local se encargó de engrandecer, solicitándole al Papa Pío XII en 1948 su proclamación como Patrona Universal de los ciclistas. Una antorcha bendecida por el Papa, fue llevada de Roma hasta el santuario por una comitiva de la que los dos últimos relevistas fueron Gino Bartali y Fausto Coppi, grandes rivales en aquella época, ya que representaban “las dos Italias”.
En el santuario se han sido depositando numerosos recuerdos de ciclistas célebres, en especial las bicicletas de Bartali, Coppi, Eddy Merckx, Felice Gimondi y Francesco Moser y diversas camisetas de corredores. Incluso la bicicleta del malogrado Fabio Casartelli, muerto durante la disputa del Tour de Francia de 1995, en el descenso del Col de Portet D´Aspet.
Sólo acercarse pone “la piel de gallina”, pero al entrar sientes formar parte de algo especial, casi místico, historia pura de algo muy grande, el ciclismo.
Uno no puede evitar sobrecogerse pensando lo que significa cada uno de los recuerdos depositados en la pequeña capilla, que aparece atiborrada de cosas; tantas, que ni la vista detenida logra individualizar. Mucha energía contenida en ese lugar.
El ciclismo significa algo para cada uno de los que lo practicamos, pero, creedme, en la pequeña Capilla del Ghisallo nos encontramos todos… o algún día lo haremos.
Desde Este Lado de la Carretera.

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